
En el exterior, la fuerza yang.
En el interior, la fuerza yin.
El yang se expande, mueve, transforma, empuja.
El yin contrae, concentra, atesora, enfría. Y sobre todo, nutre.
Los Guerreros no debemos olvidar que nuestra fuerza no es propia, sino ajena.
No es de Dios.
No es del Linaje.
Es de nuestras princesas.
Y en su regazo podemos llegar a ser solo niños asustados, débiles e indefensos.
No somos nada, absolutamente nada. Los Guerreros no somos absolutamente nada.
Y desde allí,
desde esa aceptación, podemos fortalecernos en la conciencia de nuestra fragilidad.
Pero primero, el ego debe morir tres veces.
Y desde allí, nutrido por el yin del útero, renacer.
Frágil e indefenso, pero renacer. La vida se encargará del resto.
Om Mani Peme Hum
(Imagen tomada de http://flickr.com/photos/wickedlittledoll/94797220/)